martes, 8 de agosto de 2017

Rius querido, qué día más triste

      
Rius querido 

8 de agosto del 2017, qué día más triste. Hasta muy pronto, Eduardo querido

 Mi participación en el libro: 80 aniversaRius, QUEREMOS TANTO A EDUARDO DEL RÍO, Editorial Grijalbo, oct, 2014:
El artista que domina el humor y la sátira te hace bajar las defensas y cuando más entregado y plácido estás, te asesta un jeringazo y te inocula la idea con la cual te quedarás para siempre, pues entró al cerebro sin resistencia, ni necesitó de deducciones o sesudas elucubraciones. Hay pocos genios con este talento: Chaplin en el cine, Molière en la dramaturgia, y en los monos, Eduardo del Río, Rius, quien para entregarnos ideas universales y crónicas y picaresca nacionales, tuvo que burlar con habilidad de mago y extraordinaria valentía la censura mexicana en los años más duros de la dictadura priísta. Rius no claudicó ni después de haber estado a punto de morir a mano de los sicarios del infame presidente Díaz Ordaz que lo mandó secuestrar en 1969 para silenciarlo... No, Rius ni así se calló.
La sociedad y la política mexicana, controlada por una tiranía de partido, poseía características muy particulares. Ante el mundo, México aparentaba ser una democracia (hasta de tintes “progresistas” en algunos momentos, como en época de Echeverría), pero al interior existía un férreo control político, ideológico y moral. Los medios de comunicación eran voceros absolutos del Estado y cualquier manifestación pública contraria a sus intereses era perseguida sin tregua. Rius, con su sabiduría, picardía y valor nos ha entregado a los mexicanos, por un lado, las ideas proscritas por el régimen, y por otro, ha hecho de sus personajes nuestros voceros, con los que retrata nuestras penurias, nuestra sagacidad para enfrentar los problemas y nuestras formas ladinas de darles la vuelta.
Rius es mucho más que un monero agudo; es uno de los pocos artistas que nos mostró el mundo que existe fuera de nuestras cerradas fronteras, de nuestra hermética sociedad, y nos señaló con humor, con todas las argucias de su arte de monero, lo más crudo de nuestra idiosincrasia. Rius nos zarandeó con sus monos e hizo que nos reconociéramos en el lamento del que Paz decía: “Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, sí, pero sobre todo, cerrados frente al pasado”. Rius ahogó ese grito. Al mostrarlo descarnadamente no nos quedó más remedio que reírnos de él, rompiendo así su maldición fatídica.
A pesar de nuestras maneras subrepticias e irónicas, en el fondo los mexicanos reconocemos el poder como una entidad superior, y al PRI, durante muchas décadas y quizá aún hoy, como su “representante en la tierra”. Pero Eduardo del Río, desembarazándose de ese respeto mexicano al poder, ha sido un irreverente con él; ni en broma se lo toma en serio. Y ha sido y es implacable con las acciones del poder; en broma se las toma muy en serio. Reírnos de ese poder gracias a Rius ha tenido no sólo un efecto catártico para nosotros, sino subversivo; efecto que crece al calor del desparpajo y la sabiduría de sus monos.
Los mexicanos nos burlamos de la tragedia para evadir la acción y para encontrar un poco de falsa justicia universal. “El poderoso es un chingón y el infeliz, un pendejo”; con esa simple clasificación encontramos el balance moral para no alterar el orden y resignarnos a nuestro destino, como individuos y como nación. El pobre se merece su suerte por pendejo; el chingón, por chingón. Pero a diferencia de otros moneros que sólo se regodean en nuestra resignación ataviándola de picardía, Rius pone el dedo en la llaga y no nos da tregua. El ácido y doloroso humor nacional no lo usa para demostrar que puede hacer mejores albures o construir ironía más punzantes, sino para sacudirnos, para mostrarnos que no somos hijos de la fatalidad de la que hacemos mofa, como de la mala suerte y la muerte, sino que, de vuelta a la referencia de Paz, “Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, "agacharse", pero no "rajarse", esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad”, y Rius nos abrió y nos sigue abriendo.
La irreverencia de Rius no está compuesta de agresión y grosería, sino que es el rompimiento contundente de la Forma, con F mayúscula como la escribe Paz.
La Forma y la formalidad del mexicano pelea contra nuestro connatural sarcasmo, pero casi siempre triunfa la Forma, y aquí Rius también nos da unas cuantas cachetadas. Como ejemplo, recojo un chusco botón que está dentro de la deliciosa caja de costura que es su Diccionario de la estupidez humana: “EXCUSADO: No se ha podido saber todavía, pese a los enormes adelantos científicos, porqué se llama así a las tazas donde va la caca. Lo mismo va para la otra designación que se le da por acá a los urinarios: ¡INODOROS!”
La Forma, en México, no se limita a las maneras en la cotidianidad, sino que tiene sus estandartes bien afianzados en nuestro consciente e inconsciente colectivo. En México muchos pueden hablar mal de tal o cual gobierno, pero nadie se atreve a tocar a los héroes de la patria y mucho menos a la Intocable, y no por virginal sino por emblemática, virgen de Guadalupe. Pero Rius tiene los huevos de decirnos que la virgen de Guadalupe es un invento de los españoles y que no hubo ni Independencia ni Revolución, porque no somos independientes ni se subvirtió el orden establecido, y que Zapata, Villa y los hermanos Flores Magón son los perdedores de la Revolución y no los héroes de los libros de texto.
El valor de Rius no se limita a tirarle dardos al poder, sino a declararse ateo en un país fuertemente católico y a poner en su lugar a la iglesia, tanto en sus perversos y criminales mecanismos de control y manipulación, como al señalar la ausencia de rigor histórico en la Biblia. Así, Rius nos deja en cueros, sin virgencita y sin héroes, y con ello nos libera de las rémoras que nos anclan, que nos inmovilizan, en consonancia con lo que Vasconcelos decía en 1907: “…no sentimos cómo siente nuestro grupo sino cómo nos inspira nuestro sentimiento superior y nuestra cabeza libre porque somos, antes que patriotas, antes que ciudadanos, antes que hijos de tal o cual Estado, seres independientes sólo ligados con el fin humano y no con el fin local”.
A diferencia de muchos intelectuales que se llenan la boca con la adulación a las culturas indígenas, Rius, hombre de una inmensa cultura, pone sus conocimientos en boca de un personaje que sólo él podía atreverse a convertir en el protagonista de sus historietas: un indio sabio, enigmático, astuto e inescrutable, Calzonzin, que envuelto siempre en ¡una manta eléctrica! (cuidado con la ironía del atuendo) pone la estatura moral y los conocimientos de México y del mundo en el emblemático enclave de Los Supermachos, San Garabato. Y para que quede claro su concepto de los intelectuales y su carácter autodidacta, recordemos el número uno de Los Agachados en donde Calzolzin le responde a Catarino Vizancio, quien mató a su mujer: “Nomas no me diga licenciado, yo no me llevo tan pesado”.
San Garabato es un pueblo mexicano que si no sabemos dónde está es porque los políticos han prohibido ponerlo en la cartografía mexicana, pero como cada pueblo en México es un San Garabato, no han podido desaparecerlo. Rius nos ofrece ahí un digno representante de cada clase social, de cada esfera de poder y de todas sus variantes y matices.
Rius es el historiador y cronista popular mexicano por excelencia, pero no se conforma con recordarnos la historia oficial, sino que habla de lo que nadie se atreve, de la verdadera historia y de los sucesos contemporáneos tal cual están sucediendo. Por ejemplo, en 1968 contó con una valentía absoluta y sin atisbo de autocensura lo que se estaba gestando (por ello fue secuestrado) y en 1972 describió sin ambages ni eufemismos cómo se organizó y perpetró la matanza del 2 de octubre y de 1971. No esperó a que dejara de haber peligro para contarlo, como casi todos los demás, y lo que contó destripó las entrañas del crimen de Estado.
“¿Espera usted que el gobierno se castigue a sí mismo?”. Para entender por qué los mexicanos aceptamos la impunidad como algo congénito en nuestra sociedad, Rius nos lleva a un recorrido, en el número 98 de Los Agachados por los asesinatos políticos desde 1919 hasta 1972, todos ellos en la impunidad. En este memorable número, Rius dibuja a un político mexicano que le dice a otro: “Si me denuncias, te denuncio”, frase que describe con absoluta precisión el mecanismo de los políticos para perpetuar la impunidad.
Cuando tuve el honor de entrevistar a Rius en el canal 22, conocía y había disfrutado con su obra, claro, pero únicamente lo había visto una vez en una subasta para las comunidades zapatistas donde me firmó una lámina que él donó, la cual conservo como un tesoro. Por lo tanto, sólo podía intuir el temperamento de esa leyenda viviente y fue una inmensa alegría ver entrar al estudio de televisión a ese hombre de sonrisa picante, que contrasta con sus dulcísimos y melancólicos ojos azules. La entrevista de sólo una hora, debía haber durado cien, pues se quedaron un sinfín de inquietudes en el tintero. Sus respuestas francas y punzantes, con ese lenguaje tan suyo, tan lleno de retruécanos y chanzas, nos llevó de manera deliciosa por las épocas del “México de los recuerdos”, buenos y malos, festivos y trágicos, así como por las ideas universales y la memoria de los amigos y los enemigos.
Rius es además un hombre profundamente generoso y desprendido. Lo digo porque me consta. Estoy en deuda por siempre con él, pues tuve el atrevimiento de pedirle un dibujo para un proyecto personal y me respondió enseguida: “Anushka dear, espero te sirva este monigote. Besos (castos) y abrazos, Dr. Rius Frius”, así, sin más ceremonia, y claro que me sirvió; gracias a su monigote mi proyecto se engrandeció enormemente. No exagero cuando digo que lloré conmovida por su generosidad.
La figura de Rius no se mancha con el paso del tiempo porque está construida sobre algo indestructible: su congruencia. Rius no vive ni va con el disfraz de intelectual ni de artista exquisito ni consagrado, ni de revolucionario; y aunque es todo eso y más, rompe con los estereotipos gracias a su profunda sabiduría, su ideas exentas de lugares comunes (de los cuales está teñida la Forma), su amabilidad sin cursilería, su picardía y sobre todo, su legado a la sociedad mexicana y al mundo. A Rius lo rodea una aureola de auténtica naturalidad, propia de quien sabe perfectamente lo que es y lo que ha logrado en la vida y no necesita demostrar nada a nadie.
La combinación de agudeza y calidez, junto a una historia personal irreprochable, hace que estar con él sea una experiencia conmovedora, divertida y memorable.
Eduardo del Río, Rius, artista sin veleidades, hombre de bien y para el bien, jamás ha hecho concesiones ni ha claudicado. Por eso se ha ganado el respeto de todas las generaciones.

La irreverencia de Rius:
 el imprescindible.

¿Por qué creo que Rius es el monero más importante que ha tenido México? Entre otras razones que expondré más adelante, por su talento infinito y probadísimo, que acreditan sus más de 100 libros y cientos de número de sus series Los agachados y Los Súpermachos, con tirajes semanales de ¡250 mil ejemplares!; porque en los momentos de mayor censura y represión en México, tuvo el valor de criticar duramente el orden establecido y; porque tuvo la inteligencia 
 y la malicia para poner el dedo en la llaga y no dejarse aniquilar, a pesar de que estuvo a punto a ser asesinado por los sicarios del infame presidente Díaz Ordaz que lo secuestraron en 1969 para silenciarlo... pero Rius, no se calló.
Eduardo del Río ha cultivado el misterioso arte del escapismo a la censura; es el gran maestro de cómo burlar la represión una y otra vez.
Pero de nada tendría que escapar Rius si no fuera porque siempre da en el blanco. A nadie hubiera molestado si no fuera tan certero. Rius siempre la ha tenido clarísima, como decimos. Sabe exactamente dónde está el núcleo del problema, de las crisis, de los sinsabores de nuestro país y de los intríngulis del poder económico, político, social y religioso, no sólo en México, sino en el mundo.

Sabiendo dónde se encuentran las causas del problema, no tiene jamás cortapisas ni se reprime en exponerlas y explicarlas con total irreverencia cuando amerita, y absoluta seriedad cuando debe.  Y lo mejor de todo: hace llegar su mensaje a la gente de la manera más amable y efectiva: mediante el humor, y en su caso, un humor complicadamente sencillo. Digo complicado, porque no hay nada mas difícil que lograr que la esencia de una idea nos dé de lleno en el centro del cerebro, donde no hay manera de escapar ni de evadirla. Y él lo logra sin que muchas veces nos demos cuenta siquiera, como el maestro que es.




Su enclave emblemático, San Garabato, es un pueblo mexicano que si no sabemos dónde está es porque los políticos han prohibido ponerlo en la cartografía mexicana, pero… como cada pueblo en un San Garabato, no han podido desaparecerlo. Para que no nos hagamos bolas, Rius nos ofrece en San Garabato un digno representante de cada clase social, de cada esfera de poder, y de sus variantes y matices. Así, por ejemplo: Don Perpetuo del Rosal, el presidente municipal; Doña Eme, la beata; Ticiano Truye, el tendero; y claro, Calzoncin, el indio sabio, enigmático y inescrutable, que vemos siempre envuelto en una ¡manta eléctrica!; válgame la ironía y el guiño de humor.



¿Quién se iba a aventurar en México a convertir a un indio en el personaje central de un comic? Sólo alguien como Rius que nos entiende muy, pero que muy bien a los mexicanos, pues aunque exista en México tan acendrado racismo, a pesar de que lo neguemos, todos sabemos que los indios tienen una sabiduría y un temple que les confiere un respeto indiscutible. Y cuidado, que no soy de las que hacen la apología de los indígenas por corrección política; valgame el cielo, no.
Cuando tuve el honor de entrevistar a Rius en el canal 22, yo sólo conocía su obra y no sabía, aunque lo intuía, el temperamento de esa leyenda viviente. Cuál fue mi alegría cuando entró al estudio de televisión ese hombre de sonrisa abierta y un tanto picante y ojos dulcísimos, rodeado de una aureola de humildad, pero de humildad verdadera, no impostada, como he visto en otros muchos artistas. La humildad de quien sabe perfectamente lo que es y lo que ha logrado en la vida; de quien no necesita demostrar nada a nadie porque su obra, su trayectoria y su dignidad lo avalan.
En aquella entrevista, como en otras muchas que he leído y escuchado de él, respondió con candor, con honestidad y con picardía, lo que hizo que la entrevista corriera como el agua. Una hora, poquísimo tiempo para el aluvión de preguntas que me hubiera gustado hacerle.
     Ahora bien, yo me pregunto cómo ese hombre sabe tantísimas cosas y con tal profundidad, y más todavía en aquella época, ¡sin internet! Rius nos enseñó a Marx, nos habló de Quetzaotcoatl, la Perestroica, la cocina vegetariana, la Biblia como una linda tontería y asi, más de 100 títulos. Pedagogo profundo y preciso, no dejó tema por abordar ni títere sin cabeza.

Y no sólo es excepcional por su sabiduría, sino por su fecundidad ¿Cómo has sido tan prolífico?, le pregunté. « Porque no hacía otra cosa en todo el día ». También nos contó que le daba pena haberse perdido de muchas cosas por esa dedicación absoluta a su oficio.
También le pregunté si dividía el trabajo, si alguien le ayudaba a llenar los textos en las viñetas o a colorear. No, lo hacía él toditito de principio a fin. Sorprendente.
Cómo me hubiera gustado estar presente en algún encuentro entre Rius y mi querido amigo Guillermo Mendizabal, dueño de Editorial Posada, donde Rius publicaba su obra. Guillermo, editor excepcional y entrañable amigo al que extraño muchísimo, hizo la mancuerna perfecta para divulgar la obra de Rius. Ambos, valientes y osados,  lograron lo impresable: vencer a la censura y lanzar la obra de Rius al pueblo mexicano.

Monero sin veleidades, hombre de bien y para el bien, ese es Rius. Eduardo del Río, jamás ha hecho concesiones, por eso se ha ganado el respeto de todas las generaciones. Nunca ha claudicado, nunca se ha hecho tonto ni a bajado la guardia. Rius es un imprescindible, como no pudo decir nadie mejor que Bertold Brecht:

"Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles."

Ese es Rius y no hay muchos como él ni México ni en ningún otro lado.



viernes, 12 de mayo de 2017

Cáncer: lucha o sufrimiento


Cáncer: lucha o sufrimiento

     La ciencia médica nos pide, casi invariablemente, una fe ciega en sus protocolos, diagnósticos, prognosis y tratamientos; aunque, por lo general, nosotros otorgamos voluntariamente y con entusiasmo esa fe por el deseo natural de alcanzar la cura a nuestros males.

Si el tratamiento falla y el paciente muere, la medicina suele adjudicar su fracaso a la alta virulencia de la enfermedad o a la dilación en su detección.

Los pacientes graves de todas las enfermedades suelen ser tratados por la sociedad con conmiseración, pero los pacientes de cáncer reciben un trato diferente, que no es prioritariamente de conmiseración, sino que se les erige en artífices de su propia curación convirtiéndolos en “gladiadores” en lucha contra su enfermedad. Y a pesar de que es “buen luchador” sólo el que acata y sufre todos los protocolos oncológicos, si muere, es él quien ha “perdido la lucha contra el cáncer”, y no la ciencia médica la que ha fallado en su misión sanadora.

Durante el viacrucis de su tratamiento: cirugías, quimioterapias, por supuesto, y radiaciones, el paciente de cáncer es un peleador, mientras que para el resto de las enfermedades los pacientes son sólo eso, pacientes en manos de la medicina, como debe ser.

 Seamos sinceros, los enfermos tenemos muy pocas opciones de decisión en nuestros tratamientos. Si el médico sentencia que sin la cirugía o el tratamiento que considera pertinentes se desencadenará un agravamiento o la muerte, no tenemos más que dos opciones: consentir a las prescripciones médicas o esperar sin tratamiento el desarrollo de nuestro afección. Si buscamos curas alternativas volvemos a encontrarnos en la misma situación: un homeópata, curandero, brujo, hierbero, santero, o cualquiera de los “alternativos” existentes, nos prescribirá su propio tratamiento, lo mismo que el médico alópata.

Así que más que luchadores, al rendirnos a cualquier protocolo médico, no somos sino sufridos pacientes con la buena voluntad de hacer lo que la medicina nos dicta. Hay quienes lo llevan con más presencia de ánimo y otros que se derrumban ante la adversidad, pero está claro que no nos queda más remedio que entregarnos a la ciencia médica o sufrir las casi igualmente inciertas consecuencias de no hacerlo.  (Yo, hoy, soy de las que ante los no tan victoriosos resultados de dicha ciencia estoy por atenerme, en caso de sentencia de muerte, a las consecuencias de los designios celestiales, pero esa soy yo y quién sabe si a la hora de la hora no me doblegaré con absoluta docilidad al mirar los espectros fúnebres que comenzarán a rondarme).

No considero que mi querido tío José Colchero haya perdido una “lucha contra el cáncer”. No, la dichosa lucha la perdió la ciencia médica que lo colmó de tratamientos y cirugías altamente agresivos que no lo curaron. Lo mismo que a mi padre querido que murió de neumonía en el tristemente célebre Hospital de Nutrición de la Ciudad de México, del cual no quiero acordarme, después de dos meses en terapia intensiva con un lamentable tratamiento lleno de cuestionamientos. Me dirán que sus muertes eran inevitables, puede ser, pero en ambos casos la medicina fue ineficaz. Ellos no hicieron más que acatar  las órdenes médicas, y por lo tanto, no fueron “malos luchadores”, sino enfermos a los que la medicina no pudo sanar. Ellos no perdieron una lucha, perdieron la vida.

Desgraciadamente, a mi alrededor veo cada vez más enfermos de cáncer. Se suelen referir a ellos como “luchadores”, pero para mí son pacientes en manos de una ciencia y una sociedad que les transfiere gran parte de la responsabilidad de su curación, y lo que menos me gusta es que en aras de elogiar a quienes han fallecido de cáncer se repite la, para mí, inapropiada frase: “luchó valientemente hasta el final, pero perdió la batalla contra su cáncer”. Yo, en cambio, digo: “sufrió mucho con su enfermedad y por los tratamientos salvajes a los que se sometió y, aún así, murió”.

Luchar implica que uno puede ganar si pelea mejor y con mejores armas, y en el caso de una enfermedad lo que se hace es sufrir, y salvarse o morir dependiendo de muchos factores que escapan a nuestro ímpetu de lucha o a nuestro deseo de vivir. Y la medicina es responsable de gran parte de ese sufrimiento que termina siendo inútil, pues en muchísimos casos el remedio está resultando peor que la enfermedad, y ese “mal remedio” sí que es competencia de la ciencia médica.

Tan valientes y respetables me parecen los enfermos que deciden someterse a los severos tratamientos que la medicina les ofrece, como  aquellos que los rechazan.




sábado, 30 de julio de 2016

Carmeta, mi tía querida



Los ojos verdes, chispeantes, preciosos, de Carmeta es el primer brillo que nos deslumbra al verla, pero enseguida hay algo más intenso que nos envuelve: su simpatía.
       Su gracia innata, eterna y espontánea viene de su inteligencia y de su sagaz percepción del mundo. Encuentra el requiebro y la singularidad en todo lo que la rodea y sabe disfrutar desde lo más íntimo hasta lo más abierto.
         En mi infancia, el momento más luminoso era cuando me quedaba sola con ella y la miraba arreglarse para salir. La observaba embelesada cuando se maquillaba, se peinaba, se vestía. Yo quería ser como Carmeta. Soñaba que algún día podría ser tan guapa como ella, aunque ya desde muy niña yo sabía que nadie podía tener esa personalidad arrolladora y a la vez. Combinar con tanta naturalidad la simpatía y la ternura es algo que no he encontrada en nadie más que en Carmeta, mi tieta querida.
      Recuerdo con deleite las horas que pasábamos echadas en su cama, en casa de la Yaya, mientras me contaba historias y anécdotas que para mí eran las del mundo prodigioso de una mujer fascinante.
      Todos conocen su talento para contar chistes. Nadie puede igualarla. El combate que en algunas memorables sobremesas se entablaba entre Carmeta y Fernando Colchero Landa, era despiadado, pero hay que reconocer que Carmeta terminaba ganando, pues además de su incomparable salero, es previsora y siempre llega armada de una libretita que saca de su bolso de Mary Poppins, donde lleva anotadas, en un estilo único e indescifrable, las claves de cada chiste. 
      La cereza del pastel, como diríamos, de todas las navidades o reuniones familiares, cuando casi todos estaban ya bien achispados o agotados, era ver a Carmeta bailar las rumbas de Peret. Yo le hacía comparsa, pero no sin vergüenza por no estar a la altura de su garbo, claro.  
  Más de una vez, ya en mi adolescencia, nos íbamos en pantuflas o como fuera, en la madrugada, a por unos taquitos de Santa María la Rivera y nos los comíamos en el coche, felicísimas. Así nada más, por el puro antojo. Y, de esta manera, podría pasarme días recordando anécdotas.
        Su generosidad es proverbial. Todos sabemos que con Carmeta siempre se puede contar.  Además, nadie como ella despliega tanto donaire y desenfado cuando nos tiende la mano. Su desprendimiento no viene envuelto en cálculo de reciprocidad ni en jactancia alguna, sino en cariño y sinceridad.

La crianza de sus tres hijos no la convirtió en una señora seria o dura, al contrario, aumentó su desparpajo y sus ganas de vivir. A lo largo de los años, los altibajos y los sinsabores no han hecho decaer su luminosidad. Cubierta de piedrones, como ella llama a las joyas que tantísimo le gustan, o en bata de casa, su alegría nos ilumina a todos. 
          Cada época de mi vida ha estado marcada por su generosidad, su risa incomparable y su calidez. Por ello mi vida ha sido mucho mejor, y le estoy muy agradecida.
         Hoy, en los días más terribles para mi adorada Carmeta, sólo quiero que sepa lo muchísimo que la quiero y la admiro.
       Siempre estaremos muy cerca, Carmeta querida; llorando o riendo, siempre abrazadas



domingo, 7 de febrero de 2016

"Truman": harta de los premios de cine; pobre Goya


"Truman": harta de los premios de cine; pobre Goya


O el mundo está al revés o yo ya no entiendo nada; al menos de cine.
       Hoy amanezco con la noticia de que a la película española Truman le han dado cinco Goyas, el premio de cine más importante en España . Ni más ni menos que por mejor película, dirección, guión y actores.

         Bien, pues hace cosa de dos meses, llevada por mi gusto por Ricardo Darín, me lancé a ver la dichosa película. Resistí sólo porque tenía un compromiso después y no quería volver a casa. 
     Llegué a la cena comentando que hacía muchísimo tiempo que no veía una película tan aburrida, ilógica y pretenciosa. Los personajes expresan reacciones absurdas constantemente; el tempo es aplastante pues nunca pasa nada; y el perro, Truman, es olvidado por completo, a pesar de ser, supuestamente, el centro de la vida del protagonista. 
Un horror de aburrimiento y sinsentidos, llena de clichés pretenciosos, pero eso sí, el guionista y director sentía que estaba haciendo la obra de arte máxima, no cabe duda, pero lo que hizo fue una bodrio que coló o porque se impuso su pedantería y el manido tema del moribundo de cáncer o porque está apoyada por el cenáculo cinematográfico español.

 
  El público me parece que se dice lo siguiente: como la película cuenta la historia  de un moribundo de cáncer, donde nadie llora ni se desespera, pues nada, tiene que ser buena, "de arte". 
     Y yo digo, pobrecito, como no le van a dar un premio al moribundo, ya que en la película parece que nadie sufre por él, pues todos sus "seres queridos" son personas muy templadas que censuran con frialdad la decisión del enfermo de dejar los tratamientos,  expresando su desacuerdo mediante inverosímiles diálogos y diatribas moralinas enmarcadas, claro, en la imperante corrección política. Vamos, que encima de cornudo, apaleado; moribundo y regañado. 
       Todo esto para que nada huela a melodrama. La intención del guionista-director, Cesc Gay, es que su obra no tenga tufo a telenovela. Pues sí que lo logra, pero a lo que apesta es a falsedad.

      El público nos dejamos chantajear emocionalmente en el cine, vamos a eso muchas veces, Hollywood lo suele hacer con gracia, pero me asombra que ahora también nos dejemos chantajear por una película carente de emociones. Pero como tiene un tono muy serio, seriesísismo, y de cosa muy sesuda, tempo de aburrirse a morir, y como excluye toda posible expresión dramática, pues da la falsa apariencia de película de "calidad".

No, señores de los premios, Ladrones de bicicletas, es una obra de arte; El ángel azul, es una obra de arte; La celebración, es una obra de arte. Las emociones y la profundidad en el retrato de los personajes hacen una obra de arte, no la lentitud y la frialdad. Truman no es una historia de emociones contenidas, sino de ausencia de emociones, plagada  de discursos pedantes.     
     No en vano cuando veo en los carteles  esos laureles que enmarcan los premios obtenidos por una película, tengo por costumbre no ir a verla. ¿Qué soy una exagerada? No, es que ahora el cine cuesta muy caro y mi tiempo es muy valioso como para perderlos ambos en una tarde.

viernes, 23 de octubre de 2015

El "Mundo feliz" autoinflingido y el nuevo "argumentum autofascista" o apelación a nuestro bien

EL MUNDO FELIZ AUTOINFLINGIDO Y EL NUEVO ARGUMENTUM AUTOFASCISTA O APELACIÓN A NUESTRO BIEN

Menos mal que nací en otra época, porque de haber sido niña hoy, me hubiera perdido de un montón de cosas. Al menos llegué a vivir los estertores de un mundo más libre, menos estúpido, y que añoro profundamente.
         Hoy, gran parte de la gente cree que los niños son idiotas y que hay que ocultarles el “mal” o la diversidad de opiniones, en lugar de mostrarles sus consecuencias  y las múltiples facetas humanas, para que a partir de esos ejemplos vayan forjando su criterio y tomen precauciones. No, es mejor no mostrarles el “mal” y borrar de su entorno cualquier comentario o connotación que, según el criterio de los nuevos censores populares, es racista, machista, peyorativo o simplemente trágico.
      
Así, se borró la muerte de la madre de Bambi, y hoy, los parlamentos “machistas” o “racistas” de los personajes de unos viejos cuentos para niños en España, llamados “Los cinco”, de Enid Blyton. En la nueva versión ya no se le tocará ni con el pétalo de una rosa a las mujercitas. ¡La editorial alteró, mutiló y censuró, en su nueva edición, el texto de la autora por considerarlo machista y racista! Han pasado por encima del derecho de autor, pidiéndole autorización a los herederos (que no son quién para decidir por la autora muerta sobre el contenido de su obra), para mutilar los libros. Qué huevos tienen estos editores y parientes, ansiosos de ganar dinero muchos años más con los derechos renovados. Pero mucho peores son los que aplauden este delito contra la autora, pues nada ganan y sólo alimentan un delito, pero eso sí,  ejercen su “derecho” a censurar.
         Estoy taaaan harta y aburrida. Hoy, a los ciegos no se les puede llamar ciegos, ni a los sordos, sordos, ni a los ancianos, ancianos, ni a los cojos, cojos, ni a los débiles mentales, débiles mentales, ni a los negros, negros. Llamarles invidentes, deficientes auditivos, adultos mayores, discapacitados, o con capacidades diferentes y gente de color (preguntaría: ¿cuál color?) no los hará ni ver, ni oír, ni rejuvenecer, ni dejar de cojear, ni corregir su deficiencia, ni cambiar su color de piel.  
         Pero lo más patético es la agenda feminista que, en muchos casos, ya considero fascista. Las mujeres no somos unas pobrecitas necesitadas de protección, ni tenemos una discapacidad para que tengamos que recurrir a leyes de discriminación positiva o a cruzadas contra todo comentarios que cataloguemos, arbitrariamente o no, como machistas. Es fundamentalismo vil y vulgar eso de sacar la espada cada vez que alguien menciona en ficción, ensayo o comentario algo que consideran estas mujeres, militantes sin tregua, que tiene una connotación machista. Qué fácil, ¿verdad? Así que todas las mujeres que aparezcan en las historias deben ser ejemplares, porque sino, el autor o autora es machista. Vaya puta locura. No hay mujeres hijas de puta, no, cómo se me ocurre. Ah, y si no aparece una mujer como protagonista ya ponen el grito en el cielo. Pero vamos a ver, y si a mí como autora no me da la gana poner a ninguna mujer en mi obra, película, espectáculo o empresa, ¿qué? Y si retrato a una arpía, como muchas que conozco, ¿qué? Estoy en todo mi derecho. Faltaría más.
         Las leyes me deben proteger de los delitos, igual que a los hombres, y punto. Y si hay diferencias entre salarios para mujeres y hombres, se debe luchar por corregirlo y punto, porque es una injusticia.
         Vaya tiempos fascistas vivimos, peor aún, tiempos, digamos, autofascistas. Pues es la propia gente quien está construyendo este repugnante Mundo feliz. Solitos estamos limitando nuestra libertad al limitar la libertad de los demás. Nos creemos con el derecho de señalar con el dedo e imponer nuestra visión del mundo a los demás, con la repugnante coartada de que es por “nuestro bien” y “por el bien de los desprotegidos”.         
     Los “bienintencionados” censores claman al cielo:  “No está bien que en una película o libro se denigre -según ellos- a la mujer, o a los homosexuales, o a los negros, o a los niños, o a las indios, o a la iglesia, o a…”. Y se pide la censura, o se busca denostar a los autores. Si no te gusta, no la veas, no lo leas o critícame, pero con qué derecho te atreves a pedir la censura. Yo digo y pienso lo que me da la gana, y el intento de censurarme o denostarme por ejercer mi derecho a hablar, crear o actuar sin cometer un delito, es una actitud fascista.
      Lo más asqueroso es el argumento de qu es “por tu bien”. “Por tu bien te reviso como criminal en los aeropuertos”; así que agacho la cabeza y después, aplaudo. “Por tu bien te prohíbo expresarte libremente”. “Por tu bien te prohíbo fumar hasta en tu casa”. “Por tu bien borro de las obras de ficción toda comentario racista o machista”. "Por el bien de todos te prohíbo contar chistes de mujeres, niños, homosexuales, negros, chinos, perros...". Y muchos etcéteras más.
En México, por ejemplo, han llegado a la locura de aplaudir la subida de los impuestos a los refrescos para que “los otros” no se pongan obesos. Están tratando a la gente como imbécil, primero, y después, les importa muy poco que no tengan para juguito de naranja, ¿verdad? No, señores, la gente toma cocacola porque no tiene para otra bebida y necesita las calorías. O simplemente, porque le da la gana. Y nada más falta que me castiguen con impuestos porque quiero tomar refrescos, o ser obeso, o flaco o lo que yo quiera. Si es veneno, que se prohíba su venta, si no, dejen en paz a la gente que consuma lo que le dé su real gana.
         Y cuidado si cuestionamos a la sacrosanta medicina o a la ciencia imperante. Nada de eso. Los científicos y los médicos son oráculos a los que no se les cuestiona. Si ellos dicen que algo es malo, es malo y te callas. Aunque no haya pruebas suficientes y el remedio, por supuesto, los beneficie directamente, en dinero, empleos y demás canongías.
         Y que no se nos ocurra tampoco cuestionar las acontecimientos. Eso de las conspiraciones es producto de imaginaciones enfermizas. Claro que no, el poder jamás ha recurrido a conspiraciones secretas, cómo se me ocurre. La historia lo desmiente, una y otra vez, pero no importa, eso de creer que hoy políticos, empresarios y banqueros se ponen de acuerdo a nuestras espaldas para hacer de las suyas, es una infamia y el resultado de una mente desequilibrada. Nada, nada, las conspiraciones no existen más que en la imaginación de las malas personas, desconfiadas, paranoicas y de mal gusto.
    
     Así, llegaremos a vivir en el Mundo feliz de Huxley, pero lo que él no imaginó es que sería un mundo feliz autoinflingido. Como tampoco George Orwell hubiera creído que nosotros mismos nos convertiríamos voluntaria y entusiastamente en el gran hermano. El poder, el status quo, la autoridad no tiene ya que molestarse en controlarnos, lo hacemos nosotros mismos. Nosotros, en nuestra vida diaria, pero también asistidos y magnificados por esa gran pantalla exhibicionista y pueril que son las redes sociales, denunciamos y perseguimos a nuestro vecino, al autor que infringe la corrección política, al que osa denunciar una conspiración, a quien levanta la voz contra una injusticia de las de verdad, y a todo el que no nos gusta lo que dice o hace. Y lo increíble es que se hace en nombre de la ¡TOLERANCIA! Puta esquizofrenia.
         Hoy debemos acuñar un nuevo argumento falaz, que iría entre el argumento ad novitatem, apelación a la novedad y el argumento ad populum, sofisma populista, y al que podríamos llamar: ARGUMENTUM AUTOFASCISTA o APELACIÓN A NUESTRO BIEN.

martes, 19 de mayo de 2015

DENUNCIO: han usurpado mi imagen y mi nombre en internet

 DENUNCIO: han usurpado mi imagen y mi nombre en internet
      Hace varios días recibí la información de que una página de  encuestas había usurpado mi identidad mediante un copia de la imagen de mi cuenta de facebook, para escribir un texto -que a todas luces no es mío-, aceptando un premio por contestar una encuesta, que por supuesto jamás respondí.
     Pero no se limitaron a cometer el delito de usurpar mi identidad, sino que lo hicieron también con la de un querido amigo fallecido hace varios años, Guillermo Mendizabal, que tiene aún activa su cuenta en facebook.
    Como sucede en el mundo actual, y aún peor en el ciberespacio, los caminos para la denuncia son impenetrabales. ¿Ante quién denuncio este delito? La policía se reiría de mí. ¿Cuánto tiempo sobreviviría una página si le llega una demanda? Minutos. ¿Quién está detrás de las páginas? Fantasmas.
    Pues sí, estamos expuestos a que pongan palabras y declaraciones en nuestro nombre, sin que podamos hacer nada. Es por esta razón que cada día desconfío más de cualquier información en internet. 
    Además, cuidado, pues los plagios en el ciberespacio son  una epidemia. Hace unos días también me enteré de que un texto mío había sido plagiado de este mismo blog, La cucaracha. Lo reporté a la página en cuestión y se solucionó: a ellos, la plagiaria les habían dado mi texto como suyo y ellos no sospechaban del plagio, por supuesto. Pero llevaba dos meses colgado sin que yo me diera cuenta. 
   MORALEJA: Pongo en duda toda información que no viene de páginas de probado profesionalismo y que haya consultado ya muchas veces. Y aun así, espero a reconfirmarla en otra fuente. Los blogs de autores anónimos no suelo leerlos, pues desconfío de su información, por supuesto.
    Cualquiera puede abrir un blog, una página, un perfil de facebook, de twitter (hay varios con mi nombre y mi imagen que he reportado y vuelven a salir) y poner el disparate que se les ocurra, difamaciones, mentiras o utilizar nuestra imagen para lucrar o para promocionarse, todo sin consecuencia alguna.
    "La ocasión hace al ladrón": detrás del anonimato y la impunidad que ofrece el ciberespacio, la gente tiene libertad absoluta de inventar, abusar, difamar y plagiar.